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Fiesta de La Tirana de Tarapacá (Juan Uribe Echevarría, 1973)

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El fragmento seleccionado destaca de este libro la leyenda de la Tirana, en la versión del historiador peruano Rómulo Cuneo Vidal.

En las páginas siguientes se encuentran interesantes aspectos de las danzas, su representación y descripciones acotadas de todos sus aspectos, entre ellos: organización de las cofradías, los bailes, música y poesía y todo lo concerniente al desarrollo de esta fiesta a mediados del siglo XX.

LA LEYENDA

El pueblo de Tirana se encuentra en la Pampa del Tamarugal a  1.010 metros de altura, al norte del Salar de Pintados, a corta distancia  de Pica y a 84 kilómetros  del  puerto  de  Iquique.  En él se beneficiaban antiguamente los minerales de  plata de Huantajaya. Su población permanente alcanza a unos doscientos habitantes.

El  16 de julio de cada año acuden al pueblo unas treinta mil personas procedentes  de  lquique,  Antofagasta,  Arica y  los oasis y campamentos mineros  de la pampa  para  rendir homenaje  a la Virgen  y admirar  la  destreza  y  los  trajes  de  las  cofradías.  danzantes  que suman,  fácilmente,  más  de  quinientos  bailarines  de  ambos  sexos,  re· partidos  en  treinta  o  cuarenta  conjuntos.

Sobre el origen del pueblo de Tirana y su milagrosa Virgen, existe una leyenda que ha recogido y popularizado el historiador peruano Rómulo Cuneo Vidal (4)-

"Cuando a mediados de 1535 el adelantado don Diego de Almagro salió del Cuzco a la Conquista de Chile, al frente de quinientos cincuenta españoles y diez mil indios peruanos, acompañaronle dos hombres que para  los fines de aquella empresa  valían  cuanto un ejército entero de auxiliares.

Fueron  ellos  Paullo  Tupac,  príncipe  de  linaje  de  los  Incas  y Huillac Huma, último sumo sacerdote del extinguido culto del Sol... "Tratados  ostensiblemente   por  los  castellanos  con  los  miramientos  debidos  a su elevada  jerarquía,  no pasaron  aquéllos de la condición de prisioneros de estado mantenidos en rehenes por el vencedor y destinados a pagar con la vida el menor conato de rebelión de los indios que formaban parte de la expedición.

Es fama que vinieron secretamente con Paullo cierto número de wilkas, o capitanes experimentados de los antiguos ejércitos im­ periales, y un grupo de sacerdotes cuyos corazones latían  a impulso del odio y de la venganza, debajo de su aparente humildad y su misión.

Acompañó a Huillac Huma su hija, nacida en el Cuzco veintitrés años atrás, por cuyas  venas corría  la sangre de los soberanos de Tahuantisuyu con una  intensidad  y  heroica  determinación  que ya debieran haber vibrado años atrás en la fibra del débil y confiado  Atahualpa.

Sabido es de los entendidos en achaques de historia del antiguo Perú como Huillac Huma, desprendiéndose sigilosamente de la hueste castelJana a la altura de Atacama la grande (Calama), al regreso de Chile, huyó a la provincia de Charcas con el objeto de fomentar la rebelión que promoviera en el Cuzco el generoso Inca Manco".

"Al alcanzar la hueste sucesivamente a Pica, huyó a su vez Huillac Huma, con idéntico fin, con rumbo a la frontera  de Liper, a tiempo que la Ñusta Huillac su hija, seguida de un centenar de wilkas y adictos servidores huía al bosque de tamarugos, y acacias silvestres que por entonces cubrían en su mayor extensión lo que hoy llamamos Pampa del Tamarugal, del que quedan, en nuestros días, restos no desprovistos de salvaje belleza en las inmediaciones del pueblo de Tarapacá  y  alrededor  de  los  caseríos  de Canchones  y La  Tirana.

No estará de más agregar que el nombre  indígena  Tarapacá lleva en sí la idea de escondite o bien de boscaje impenetrable. Tarapacá procede indudablemente de tara: árbol y pacani: esconderse,  ocultarse.

 Durante cuatro años Huillac Ñusta, rodeada de sus fieles va­ sallos, dominó en el bosque. Este fue su  feudo y su  baluarte.

La fama de sus prestigios y de sus hazañas provocadas por su ardiente dedicación a la causa de su nación, pasó muy pronto los límites de la comarca.

Las tribus vecinas y remotas vieron en la animosa princesa una fórmula viviente y gallarda de la nacionalidad; vieron la protesta airada contra la dominación extranjera.

Vieron lo que en continentes y épocas y circunstancias distintas contemplaron los judíos en los hermanos Macabeo y Francia en la Doncella de Orleans.

El alma  peruana  tenía,  a  la verdad,  sed devoradora  de lucha y de venganza. Y de los ámbitos inmediatos y lejanos del territorio de Tahuantisuyo acudieron, a los enmarañados senderos del bosque de los tamarugos, nutridas huestes  de hombres de bien puesto corazón dispuestos a luchar y sucumbir al lado de la animosa ñusta por el suelo natal y por  la fe.

La selva primitiva y bravía fue duran te cuatro años el extremo reducto de una  raza y de un culto proscrito: "Rodeado de peligros y asechanzas, aquel puñado de peruanos valerosos e indómitos viose obligado por el rigor de las circunstancias a hacer frente a sus enemigos y recibir de los mismos una guerra sin cuartel.

Fue regla invariable entre ellos poner a muerte a todo español o indio bautizado que cayese en su poder.

Huillac Ñusta  fue temida  de sus enemigos y conocida  en  treinta leguas a la redonda con el nombre de la bella Tirana del Tamarugal.

Un día fue traído a su presencia un extranjero apresado en las inmediaciones de las selvas.

Interrogado,  dijo  llamarse  don  Vasco  de  Almeyda,  pertenecer a un grupo de mineros portugueses establecidos en Huantajaya y haberse internado en la comarca en busca de la Mina del Sol, cuya existencia  le revelara  un  cacique amigo.

Reunidos los wilkas y los ancianos de la tribu, se acordó se le aplicase  la  pena  ordinaria  de  muerte. El corazón de Huillac no había conocido vacilación hasta ese instan te, embargado como estaba por las pasiones del odio y la venganza. No obstante se estremeció de horror al escuchar la cruel e inevitable sentencia.

Un sentimiento de  inmensa  y  desconocida  compasión  brotó  de lo más recóndito de su corazón en donde tuvo, por el  pasado,  sus raíces, el  árbol  de sus  rencores.

Una sola mirada del noble prisionero bastó para producir en su ser tan completa metarnorfosis.

Fueron una sola mirada: un todo y una nada incomprensibles y fatales... ''La  juventud ,  el  porte  distinguido, el  estoico  desdén  de  la muerte  que revelara  en sus menores  ademanes el noble prisionero fueron  otras  tantas  causas  que  la  indujeron  a  amar  desesperada· mente al hombre cuya vida estaba colocada en sus manos de sacerdotisa y de guerrera.

Su naciente cariño le sugirió un ardid para prolongar la vida del hombre amado.

En su carácter de sacerdotisa consultó los astros del cielo e interrogó a los ídolos tutelares de la tribu y aquéllos, con raro y perfecto acuerdo, le significaron que la ejecución del prisionero se re­ tardase  hasta el término del cuarto plenilunio.

Los cuatro meses  que subsiguieron  al horóscopo fueron  de  des­ canso  para  los  guerreros  del  Tamarugal.  Huillac  no  repitió  durante aquel  plazo  las  correrías  asoladoras  que  fueron  en  el  pasado  el espan to de los colonos  de Pica  y  Huantajaya ... Quedábanle por entonces al prisionero dos lunas de vida ...".

 "Y de ser cristiana y morir como tal -le preguntó cierto día Huillac al portugués- ¿renaceré en la vida del más allá y mi alma vivirá unida a la tuya por siempre jamás? ...

- Si tal, amada mía.

-Estáis seguro de ello chunco (idolatrado) ¿verdaderamente seguro?...

 - Me mandan creerlo mi religión; mi Dios que es la fuente de toda verdad.

- Pues bien: bautízame, castellano; quiero ser cristiana; quiero ser tuya en esta y en la otra vida"...

 "Entregada a las fruiciones de su pasión, la sacerdotisa descuidaba desde tiempo atrás las prácticas del rito.

Su embeleso de mujer amada no le permitía distinguir el ceño adusto de sus wilkas, ni el hosco ademán de los sacerdotes ni la reserva glacial de sus súbditos.

Pasaban a ratos, sin que ella lo advirtiera, por los ámbitos de la selva, soplos de malestar y rebelión.

Altiva y serena, como quien obra a impulsos de una firme resolución, se dirigió a la fuente que murmuraba en uno de los claros del bosque, seguida de su amante, hincó  la rodilla  en el césped y cruzó sus brazos sobre el seno en  actitud  de humilde  e inefable  espera.

Almeyda cogió agua y vertiéndola sobre la cabeza de la amada neófita pronunció las palabras sacramentales.

-Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espí...

No pudo terminar la frase. Una  nube de flechas  disparadas  de los ámbitos del bosque se batió sobre ellos. Una más certera le atravesó el corazón.

Cayó desplomado como un árbol lozano tronchado por el huracán.

Huillac, herida de muerte, sobreponiéndose a sus intolerables dolores, llamó a su derredor a los wilkas, a los sacerdotes y al pueblo.

-Muero contenta -les dijo en los estertores de la agonía-, muero feliz, segura como estoy, a fuerza de creyente en Jesucristo, de que mi alma inmortal ascenderá a la Gloria y contemplará el rostro inefable de su creador, al pie de cuyo trono me espera ya mi esposo amado...".

 Cuando por los años de 1540 y 1550 fray Antonio Rondón de la real y militar orden mercedaria, evangelizador  de Tarapacá  y Pica, aportó el Tamarugal derribando los ídolos de los gentiles y levantando el estandarte de Cristo, descubrió, no sin experimentar una infinita sorpresa, una cruz cristiana  en  uno de los claros de aquel bosque.

Vio en ello el apostólico varón un como indicio del cielo y sobre el sitio que aquella ocupó, edificó una iglesia que ha conservado hasta nuestros días su nombre primitivo de Nuestra Señora del Carmen de la Tirana, a mitad del camino que media entre Pica y la región de las oficinas salitreras.

Dicha iglesia se convirtió desde los primeros años de su consagración en asidua romería de los naturales de los pueblos y sierras inmediatas, en  cuyas  venas corre sangre coya, que fue la  que corrió en las venas de la bella, sensible y desdichada  ñusta que le legó su nombre...".

LA FIESTA DE LA TIRANA DE TARAPACÁ. JUAN URIBE ECHEVARRÍA. EDITORIAL UNIVERSITARIA DE VALPARAISO (1973)

http://www.memoriachilena.cl/602/w3-printer-7742.html